De Almodóvar a la Almohada, una vuelta por Ibagué nocturna

“Siempre llego tarde”, pensé mientras corría. La pantalla de mi celular marcaba que iba 5 minutos tarde de lo pactado. Mi mente trataba de pensar en una excusa para justificar mi buena capacidad para incumplir con el tiempo. Al llegar el sitio estaba más concurrido de lo que esperaba. Pensé: “si esa persona tuviera celular la llamaría”. Que mas da. Estaba allí y no pensaba en devolverme, “seguramente no ha llegado y yo por fin llegué a tiempo”.

Levanté mi cabeza y allí venía, paso lento y despreocupado. Mirada de pereza, un poco sobria pero capaz de transmitir algo de tranquilidad. Asumí de entrada que no había afán, así que empezamos a caminar sin mayor prisa. Unas galletas de empaque blanco, integrales, dulces y con sabor a avena para acompañar el trayecto; hicimos una pequeña entrada a la librería, avanzamos menos de 20 pasos, y nos devolvimos. “Mejor vamos, después vengo”, me dijo. “Ok no hay lío”, respondí.

Abordamos la buseta 8, por suerte no avanzamos poco y nos bajamos, casi toda la noche fue “de entrada por salida”, como dicen los adultos cuando no quieren demorarse mucho en una vista. Mientras hablábamos de varias cosas, entre esas algo de política, le recalqué: “siempre resultamos hablando de esto por usted no por mi”; y de nuevo vino esa frase, por la cual en mi mente se ha ganado muchos golpes: “es que lo estoy preparando para que cuando sea un político pueda argumentar bien”.

Por fortuna, llegamos al MAT, digo fortuna no porque la conversación fuera aburrida, sino porque allí no hay trailers al principio de la película, ni tampoco los habrá. Es un museo no un cine. “Son 3 mil el bono de apoyo”, fue la bienvenida de la joven del museo, no sé que cara fue la nuestra, pero seguramente una que revelaba que no estábamos dispuestos a pagarlos. “Bueno pues paguen uno y entran dos”, aclaró la encargada.

Como era de esperarse, la película ya había comenzado, no entendía mucho y la película tampoco se ayudaba mucho; aunque era de Pedro Almodóvar aún no lograba llamar completamente mi atención. Después de un rato vino un flashback: la hija del protagonista hablaba y coqueteaba con otro joven, su padre no le quitaba los ojos de encima, como era de esperarse, ya después no los vio más, así que fue a buscarlos con la mala suerte de encontrarla desmayada y aparentemente violada. Al final, la hija murió, él tuvo su venganza y el violador resultó violado y transgenerizado (si esa palabra existe). La película me gustó y me impactó, al igual que a la persona con la que estaba, “parce, terrible lo que puede llegar a hacer una persona” comentó. Hablamos tres cosas más sobre eso y la conversación allí quedó.

Ahora, ¿dónde ir? Tenía presente en mi cabeza que había que hacer algo dinámico que no nos aburriera, así que propuse ir a un lugar que, no con muchas esperanzas, esperaba que estuviera abierto. Efectivamente cerrado. “Devuelvis”, como suelo decir con mis amigos. Resultamos comiendo empanada con cerveza en Palmeto, nunca había hecho esa combinación, pero como todo por estos días, me agradó hacer algo fuera de lo común.

Hace mucho tiempo no caminaba por el centro, de un lugar a otro. Entrando y saliendo, caminando sin saber para dónde pero, finalmente, disfrutando de una buena conversación, que terminó en el Mango de la manera más zanahoria: un jugo de mango en leche y un milo caliente. La canción del cierre: “hasta que te conocí”, cantada por Marc Antoni. La cuenta 7 mil y el mesero casi sacándonos la plata de la billetera, necesitaba cerrar pronto, supongo, porque fue por todas las mesas llevando la cuenta y recogiendo el dinero.

Sin mayor prisa, al menos yo, salimos para pensar de nuevo ¿qué hacemos? El ambiente era de pereza, lo admito, pero no quería venirme pronto para mi casa, el cielo tenía un brillo inusual; “quiero pasto”, dije. Con una carcajada me respondió. Sin dar tanta vuelta, creo que por común acuerdo, decidimos cada quien “parchar” para su casa. Por último, nos sentamos en el anden en una esquina, y para terminar la noche “me lo imagine con pasto en la mano”, agregó; “que comiéndomelo como un rumiante”, conteste.

Fue un muy buen rato, hace mucho tiempo no hacia varias cosas de estas y ya que hace resto tampoco escribía algo (más periodístico), creo que esta es una muy buena excusa para hacerlo; una pequeña crónica de cómo mi plan de Almodóvar terminó en mi almohada y me dejo una buena amistad para seguir cultivando.

Juan N Camargo Guzmán