COLOMBIANIDAD: no saber es lo que nos une…

Durante las últimas dos semanas he venido sosteniendo de manera vehemente que: “A los colombianos lo que nos une es precisamente eso, no saber que nos une”. Sí. A vuelo de pájaro como dicen los adultos, parece ser una frase repetitiva, redundante, cacofónica, reiterativa, etc., pero es a lo que, desde hace 4 años, he dedicado gran parte de mi tiempo libre. ¿Qué es ser colombiano? ¿Cuál es nuestro mito, cuento, novela o relato de nación?

Ahora, después de estos años y varias lecturas, creo tener la capacidad de poder escribir un breve texto sobre esa idea de nación colombiana. La primera vez que leí a Jesus Martín-Barbero recuerdo algo que desde ese entonces no he podido quitar de mi cabeza (como cuando tienes por primera vez una relación sexual, no tan así, pero es la idea): “En Colombia no tenemos un relato de nación que nos una”. ¿Qué? Leer esto me generó un gran conflicto. Era la primera vez que sabía de este señor Barbero y de entrada me estaba diciendo que la historia de Bolívar, Santander, Nariño, Rojas Pinilla, Pastrana, Gaviria, Uribe y esos grandes próceres de la patria, no habían logrado cohecionarnos como nación. No sabía qué hacer.

Confieso que para esta época aún creía en “Colombia es Pasión”, “Vive Colombia Viaja por Ella”, me sentía orgulloso de nuestra selección (¡mentiras! tampoco hasta allá pero al menos si tenía algo de afición); y muchas otras cosas que pensaban me hacían colombiano de “raca mandraca”. Finalmente, asumí con un poco de tristeza que este viejito tenía razón, entonces empecé a indagar y me encontré con varios textos que me decían lo mismo: “el problema en Colombia es que no tenemos un mito fundacional”; “ni somos colombianos, ni existimos como nación“… Realmente, desesperanzador. Más allá de los autores que han escrito y reflexionado sobre esto, quiero hacer mi propia apreciación al respecto.

A diferencia de otras naciones, creo que Colombia nace, se desarrolla y vive en el conflicto. Esa esa nuestra manera de contarnos, retratarnos y mostrarnos hacia el mundo. Nuestra identidad se mueve entre el conflicto de la diversidad y el armado. Somos colombianos porque podemos sobrevivir en medio de la adversidad, entre más palo nos den más a gusto estamos, votamos una y dos veces para que lo sigan haciendo. Nos indignamos porque los y las gays se quieren casar pero celebramos porque los políticos se roban al menos el 10% del presupuesto.

image

Como nación nos identifica el sentido colectivo de que todos roban menos yo, porque no estoy en la “rosca” (pero ojalá lo estuviera); el desencanto de una nación que “a pesar de todo es feliz”, y eso es la ficción más grande que hemos aceptado como relato nacional, si se puede decir que lo es. Somos una nación fragmentada. Nuestros relatos son más nostalgias para “reconstruir pequeñas retóricas” (Rincón, 2001), lo que los hace inestables y pone en evidencia una nación colombiana diversa, rota y fragmentada.

No tenemos claridad sobre lo que verdaderamente nos identifica, tan solo creemos que la selección Colombia es un hito de nuestro sentir patriótico que nos vincula como nación ¿pero a los que no nos gusta el fútbol? ¿El vallenato es símbolo de nuestra idiosincracia? No. En absoluto. Es la manifestación cultural de un pedazo de la nación, por eso tampoco lo es el sombrero vueltiao (no sé ni como se escribe), porque tan solo son cosas que han tratado de volver símbolos. Un pastuso seguramente no se sentirá identificado con un carriel paisa, o un habitante de Leticia no se sentirá identificado con una ruana boyacense.

En definitiva somos una nación compleja, no con una historia en común sino con múltiples historias en común. Somos el país de la panela, los reinados, el divino niño, la corrupción, el narcotráfico, la coca (tanto la mata que no mata, como la cocaína). Somos la nación que hemos construido desde una violencia incesante pero que ninguno queremos seguir padeciendo, y tampoco hacemos nada para que cambie. Porque ser colombiano es echarle la culpa a los demás de nuestros propios males, así que los políticos son quienes se han tirado al país pero nosotros somos quienes los hemos elegido.

Como lo mencioné, Omar Rincón nos plantea una nación sin un gran relato fundacional, de pequeños y frágiles mitos que no permiten configurar una gran narración respecto a esa idea de la colombianidad. Seguramente, mi reflexión raya en lo repetitivo frente a lo escrito por estos importantes autores, pero creo que si en algo coincidimos, indiscutiblemente es en la idea de que la nación Colombiana es esa del “corazón grande y la mano firme”, pero más firme que grande, porque mientras nos echan el discurso de la ley, la ciudadanía, civilidad, democracia y un largo etcétera, por el otro lado, nos están dando en la mula (no hay expresión más colombiana que esta) con los impuestos, también nos están excluyendo, discriminando, eliminando y reprimiendo.

Somos un país con un complejo de superioridad frente a nosotros mismos, pero con un complejo de inferioridad frente a gente de otros lados del mundo, claro menos de los Bolivianos, Ecuatorianos, Venezolanos y hasta Peruanos, porque parte de ser colombianos es pensar que los indígenas son brutos, cerrados y trancados. Realmente necesitamos una cirugía cultural urgente, porque necesitamos buscar y construir un relato para no seguir fingiendo que somos algo que realmente no somos.

A mi parecer, somos una nación en busca de la identidad o identidades, estamos en la lucha constante por la hegemonía de un relato frente al otro, aún no logramos entender qué nos une, pero tampoco nos interesa saberlo, al menos por ahora. Mientras tanto seguiré afirmando: lo que nos une es no saber por qué somos colombianos y qué nos une.image