Allá en la Ciudad: el viaje de la 2

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Medio día en la ciudad de Ibagué. Abordé la ruta 2. Como la buseta iba casi vacía. Me senté en la primera silla, justo al lado derecho de la registradora. Los pasajeros éramos tres: una señora de unos 60 años, que se encontraba en las últimas bancas; la mujer embarazada, realmente muy joven, no tendría más de 24 años, y yo.

Pasaron menos de tres minutos desde que me subí en la buseta, para que la conversación del conductor y la joven embarazada me llamara la atención. Durante gran parte del trayecto, desde la calle 10 hasta la 34, estuve pendiente de lo que se decían. Él le contaba sobre su experiencia en la “Ciudad de Hierro”, era la primera vez que asistía.

– Me gasté 100 pesos – Cien mil pesos –. La entrada me costó 2 mil y recargué 50 mil  en la tarjeta. Fui con una amiga y ella ya tenía la tarjeta del año pasado.
– Eso es mejor esperarse hasta los últimos días, siempre es más barato. – Increpó, la joven –

Cuando la buseta llegó a la altura de la calle 34, el conductor se detuvo. La mujer se despidió de pico en la mejilla. Antes de que se bajara, él le dijo: Saludos a mi tía. En ese instante, me causó curiosidad saber más sobre la vida del conductor.

Me pregunto, si alguien más se interesa por contar la vida, o al menos por saber, de esos personajes con los que a diario nos topamos en nuestra ciudad. El señor de la tienda, el taxista o el que maneja la buseta. Esos personajes que el escritor Eduardo Galeano llamaría “los nadies”, a los que ignoramos por obligación mediática. Si no aparece en la televisión no es nadie.

Con seguridad, en otros lados deben existir historias escritas sobre eso pero, en esta ciudad nunca he tenido la oportunidad de leerlas. Tal vez porque lo que interesa son esos personajes de la farándula criolla, que aspiran algún día salir de aquí para las grandes plataformas y ser ‘alguien’.

Alguien una vez me dijo: “esos personajes anónimos son los que hacen nuestra ciudad”, los que tienen historias – al menos para mí – más dignas para contar, porque es lo que vivimos a diarios. Pocas veces, saludamos al señor de la buseta, al menos el ‘buenas tardes’. Mucho menos nos enteramos de sus nombres y peor aún nos enteramos de su ‘estrés’.

El conductor de la 2

Un trayecto en la 2

Fernando, un joven de 21 años, lleva 8 meses manejando buseta. Las rutas más difíciles para él son la 8 y la 11 pues los controles son muy cortos y hay que cumplirlos, según cuenta. Cuando comenzó a manejar le toco la ruta 6, después lo empezaron a rotar.

Mi ignorancia y curiosidad me llevó a preguntarle cómo había sido su primer día.

– ¿Le hacen un proceso de inducción o alguien lo acompaña durante la ruta y le dice   por donde ir?
– No. Yo ya me sabía todas estas rutas, porque mi papá maneja buseta hace 26 años.    Desde que era pequeño andaba con él, entonces así me las aprendí.

Me llamó la atención su edad. Era menor que yo. Entonces, allí vino la pregunta tonta de mi parte. – ¿Es difícil manejar buseta? – Claro, sobre todo por los controles. hizo una pausa y continuó – A veces cuando uno va tarde por alguna razón, toca pasarle mil pesos al man para que no le sume al tiempo. Pues por cada llegada tarde son 4 minutos demás y eso es una vuelta menos en el día, es decir menos plata.

Cuando me contaba sobre los controles, caí en cuenta que realmente manejar buses de servicio público no es cosa fácil. En 8 minutos tienen que llegar de ‘El Vergel’ al control cerca de Multicentro. En horas “muertas” es breve, dice. “Cuando hay trancones uno se demora más, aunque ellos, a veces, lo tiene en cuenta“. Sin embargo, hay quienes no entienden eso y como es costumbre en nuestra sociedades, le piden su tajada para no correrle el tiempo.

Eso sin contar, con la presión de algunos pasajeros que les reclaman por ir tan rápido. Claro, tampoco es una excusa para que algunos conductores manejen como si llevaran cualquier mercancía. Pero creo que el desconocer esas rutinas de los otros, a veces nos hace caer en la miopía errática de no querer ver más allá y asumir que somos los únicos que tenemos un gran ‘estrés’ laboral.

En ese momento de la conversación, la buseta se encontraba cerca a la bomba del Yep. Entonces me apresuré a saber más, pues era casi el final de mi trayecto, y la conversación con este joven me había hecho ponerme a pensar, en esos otros oficios que descalificamos, que nos negamos a conocer.

Nunca había tenido la oportunidad de hablar con un conductor de servicio público, y esta conversación resultó ser, para mí, muy significativa. Al menos, porque me permitió reconocer a un ‘nadies’, un ‘ninguneado’, decirle como pocas veces ocurre: Tenga un buen día amigo, muchas gracias por su servicio. 

Timbre y me baje.