El Circo de la cuadra

Circo de la Cuadra

Nunca me había permitido entrar a un circo de barrio. Despectivamente, lo llamaba “Circo pobre”. Llevaba dos semanas tratándome de convencer a mi mismo que valdría la pena. Siempre tenía una excusa para no ir. Finalmente, tomé la iniciativa, dejé a un lado mis prejuicios e invite a un amigo.

La experiencia sin dudas fue única. Los encargados de la boletería, la venta de las manzanas de caramelo, las crispetas, los empaques de comestibles, etc., son vendedores y artistas. Son ellos y sólo ellos: una mujer de 46 años y su familia, hijos y más hijos, aparentemente sin un esposo que ayude en el ajetreo diario.

Antes de la función, la dueña del circo recoge el dinero, está pendiente de que todo marche bien. Una vez apagan las luces y el espectáculo está a punto de comenzar, se para atenta a un lado de la entrada para la zona VIP. Vigilante, analizando cada acto que viene uno tras otro.

Sus hijos son los que hacen el espectáculo, ellos son el show. Malabares, contorcionismo, equilibrio, un poco de humor, sarcasmo, autobullying y baile. La verdad, la misma rutina de cualquier circo, sólo que aquí lo valioso es su manera de hacerlo, el valor que ellos le dan a cada acto y eso sólo se comprueba yendo.

El final del show es un cliché pero, si alguna vez se encuentra con esté circo, no lo dude entré. Le aseguro que por una hora de su vida será feliz, se reirá y olvidará que es un circo de barrio. El circo de la cuadra.