Encuentros y desencuentros en París: una conversación sin rumbo

Fueron casi cuatro horas de caminar sin rumbo. El plan que habíamos pactado por inbox consistía en dar una vuelta en el Parc des Buttes Chaumont, en el 19E arrondissement (Distrito décimo noveno) de París, luego tomar una taza de chocolate caliente y regresar a casa. Nada más allá que fuera a pasar de dos horas de encuentro. En realidad, nuestro plan terminó convirtiéndose en una jornada de siete horas de andar, con muchas pausas, lugares e historias.

Aunque ya nos habíamos visto días antes y, por supuesto, “adelantado agenda”, aún teníamos muchos temas para hablar. Era más de un año y medio de conversaciones pendientes. A pesar de que durante ese tiempo esporádicamente nos escribíamos por Facebook, nunca pasaba más allá de seis líneas de charla. Ahí, moría nuestro intento de enterarnos por el otro.

Con Manu dejamos de hablarnos tan seguido una vez terminamos materias en la universidad, después de que cada uno se dedicara a tratar de resolver la vida profesional y laboral. Ella partió a Bogotá a continuar con sus estudios de maestría y yo me quedé en Ibagué, trabajando. Así pasaron varios meses y, si mi memoria no me falla, nos vimos unas dos veces de pura casualidad y ahí quedó.

Fue entonces en París donde nos volvimos a encontrar. Me enteré que se había ido de intercambio porque en Facebook de casi todo uno se entera. Yo había planeado mis vacaciones allí y, claro, era ya momento para darle rueda suelta a la lengua y ponernos al día. Nuestro primer encuentro después tantísimos meses fue en Rives de la Seine à Paris. Ese día, el tiempo se quedó corto y muchas cosas a medias. Así fue como decidimos volver a vernos, una y otra vez más, para conocer París.

El día en que fuimos a Parc des Buttes Chaumont, recuerdo que la temperatura no pasada de los 8 grados centígrados y hacia mucho viento. Como era usual siempre íbamos en Velib’, el sistema de bicicletas públicas de la ciudad. El viento que golpeaba sobre nuestras manos, mientras sosteníamos el manubrio de las bicis, hacía que nuestros dedos se pusieran rojos y tiesos del frío, casi congelándose.

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Dejamos nuestras vélos[1] en una estación cercana y caminamos hasta el parque. Allí estuvimos por cerca de una hora. Fuimos hasta el punto más alto, desde donde se ve una agradable vista de París, luego nos sentamos a la orilla de un lago y después salimos en vista de un chocolate caliente.

Sin ruta y muchos temas

Después de tomar un chocolate caliente en Le Marigny, uno de los tantos cafés a las afueras de Buttes Chaumont entre la avenida Laumière y la calle Armand Carrel, decidimos caminar en dirección sur de la calle Manin hasta llegar al cruce de la Avenida Simón Bolívar. Desde allí, el camino era incierto, entonces entre pasar una cuadra y otra llegamos a la Place de la Bastille. Eso claro, con largas y profundas conversaciones sobre la política en nuestro país.

Francia en ese momento, se encontraba ad portas del proceso electoral presidencial, y por varios lugares se podían apreciar carteles de algunos candidatos: Poutou y Mélenchon, ambos de izquierda, anticapitalistas, y el segundo uno de los favoritos entre los jóvenes en ese momento para llegar al palacio del Elíseo. Sin embargo, ya sabemos cuáles fueron los resultados. Macron es el presidente.

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Recuerdo que a Manuela en la universidad la molestábamos por sus posiciones neoliberales y de ultraderecha –aunque ella diga que no–. En ese momento, una defensora acérrima de Uribe y sus cuestionadas políticas de seguridad, que terminaron con graves violaciones a los derechos humanos en Colombia.

Afortunadamente, con los años y la claridad que ofrece la academia dejó de ser tan uribista, y encontrármela en París fue la oportunidad de hablar desde posiciones un poco más moderadas tanto de su parte como de la mía (un poco menos extremista hacia la izquierda).

Para Manuela siempre fui, como lo decía Uribe, un adepto a la ‘Far’, y para mi ella era una simpatizante del paramilitarismo, sólo que como somos amigos entonces siempre lo tomábamos en broma, a diferencia de lo que pasaba en el resto del país –bastante polarizado, por cierto–.

En el camino a la Bastille, también cruzamos por el frente del École Communale de Jeunes Filles, allí había una placa que recordaba a mas de 200 niños judíos entregados a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, por el gobierno fránces de la época.

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En Francia, pudimos conciliar puntos sobre la realidad del país en los que antes disentíamos sustancialmente y, seguramente, aún no estamos cien por ciento de acuerdo, pero ya al menos no estamos tan lejos.

Precisamente, parte de nuestra conversación giró entorno a eso. Cómo ella había podido establecer relaciones de amistad con personas mucho más “comunistas” que yo. Además, según me dijo, vivir en la Francia socialista de François Hollande le había permitido conocer algunas de las bondades de este sistema de gobierno.

“Nico aquí la gente es muy socialista, es impresionante, sobre todo los jóvenes y estudiantes”, recuerdo esa frase en medio de la conversación.

Nuestra caminata avanzaba. Ya en este punto habíamos pasado la Université Pierre et Marie Currie y caminábamos sobre el río Sena, disfrutando de esa vista espléndida que ofrece París en el cení de un anochecer. Luego doblamos la esquina en la calle que da al Jardin des Plantes, en dirección a la Gran Mezquita de París. En ese punto, la conversación se había vuelto un poco menos política, ahora hablábamos sobre los gitanos de las calles de Paris y las múltiples polémicas que el tema trae consigo. 

Una de las buenas conclusiones de la noche, pasadas cuatro horas de caminata y conversaciones, era sobre cómo habíamos podido encontrar una especie de camino medio para nuestras visiones de sociedad. Ni tan a la derecha ni tan a la izquierda. Cada uno, aún fieles a nuestros principios, comprendimos que este mundo necesita de personas progresistas –no el de Petro– en pensamiento, conscientes de la diversidad de nuestra época y la urgente necesidad de reconocer esa pluralidad.

Era así como nuestra larga charla iba llegando a su fin y nuestra ruta se encausaba, mientras atravesábamos la calle en medio del cementerio de Montparnasse en el centro de París. El cansancio y el apetito aparecían, afortunadamente ya estábamos cerca de casa, al menos yo sí, Manuela no tanto. Tras treinta minutos más de andar llegamos a la zona de Plaisance, allí estaba alojándome. Comimos algo, tomamos un té y luego acompañé a Manu a tomar el bus hacía su casa.

[1] Vélo: Bicicleta en francés