Isabel, la mujer y piragua que le dio una nueva vida

Llanos Foto

Una piragua, una red de pescar y una caneca azul redonda son todo el capital de Isidoro Mejía, un pescador del río Manacacias. Con esa vieja canoa navega por las aguas del departamento del Meta (Colombia) desde hace siete años, cuando la violencia entró en su finca.

Isidoro llegó a Puerto Gaitán (Meta) en el año 2008. Tenía en su bolsillo 415 mil pesos, con los que “tendría que sobrevivir al menos el resto de mi vida”, comenta. El paramilitarismo lo hizo huir de su tierra natal, en el Caquetá. Nunca supo por qué tuvo que abandonar su finca. “Me dijeron: se va o lo quebramos cucho”.

“Aún no entiendo cómo fui a dar aquí en Puerto Gaitán (…) -respira, hace una pausa y continúa- recuerdo que cogí mi maleta, empaqué tres cosas que tenía en una silla y tomé una caja de cartón, que siempre mantenía a la entrada de la casa por alguna emergencia. Casi con el arma en la frente y suplicando que no me mataran tuve que salir de mi finca. La única herencia de mi padre”, relata.

Isidoro en medio de su infortunio aún conserva en la billetera una foto, en la que aparecen su hermana, madre y padre. Todos asesinados por paramilitares en el año 2001, cuando aún se les podía denominar “oficialmente” de esa manera, porque su despojo fue producto de “las bandas criminales. Eso me dijo el Estado cuando me atreví a denunciar”, dice entre sollozos.

Tal vez como miles de desplazados en Colombia, su historia puede ser similar a la de muchos, pero él cree que en medio de todo contó con algo de suerte.

“En el pantalón que tomé de la silla tenía 480 mil pesos. Antes de que llegaran estos tipos, me estaba alistando para ir al pueblo a mercar, por gracia de Dios, sin pensarlo, cogí ese pantalón y lo empaqué en la maleta”, recuerda Isidoro.

Después de varias horas y kilómetros andados, se dio cuenta que en ese pantalón tenía lo último de su capital. Sin pensarlo dos veces tomó un bus camino a Villavicencio. Allí vivía su única tía, y seguro podría esperar un tiempo allá, mientras todo se calmaba y volvía a su vereda.

Desde enero de 2008, cuando llegó a la capital del Meta, Isidoro Mejía no ha perdido la esperanza de algún día regresar. Aunque, actualmente en Puerto Gaitán vive con su esposa llanera en una casa arrendada, su mente aún sigue en la finca, esa de la que conserva las llaves de la puerta principal.

De Villavicencio a Puerto Gaitán 72 horas

Cuando llegó a Villavicencio se comunicó con su tía. Una señora de 69 años, dedicada al esoterismo y el trabajo con seres de luz. “Ella era vidente y desde hace un buen tiempo no tenía contacto con ella, hasta ese día”. -Hace una larga pausa y continua hablando- “Algún día me dijo: llegará el momento en que vengas a buscarme y yo estaré al final de mi ciclo pero te brindaré el abrigo que necesites”, recordó Isidoro.

Esas palabras, según cuenta, le quedaron grabadas en su memoria, porque nunca se imaginó que las circunstancias fueran tan especiales. Despojado de sus cosas y su tierra, llegó a ‘Villavo’ para ver morir a su tía.

“Yo llegué el 16 de enero de 2008. Mi tía me recogió en el paradero de buses, nos fuimos a su casa y allí me volvió a recordar lo que cuatro años atrás me había dicho. Yo no sabía qué decir. Estaba asustado, confundido, lloraba y no hablaba mucho”.

Hizo una pausa, miro al cielo, como si alguien lo estuviera viendo, y continuo hablando: “Le conté a mi tía qué había pasado. Lloré mucho. Le dije que sólo tenía $415 mil y que no sabía que hacer. Ella se levantó de la silla, fue y buscó un cofre plateado, lo abrió y sacó un sobre café. Me dijo que tenía un dinero y unos papeles que iba a necesitar. Hablamos hasta la madrugada y me contó que estaba muy enferma, que sentía que pronto iba a morir”.

Y como su tía se lo había dicho años atrás, él llegaría para verla morir. Esa noche Isabel Díaz murió de un infarto. Por la conversación que habían tenido horas atrás, sabía que sería pronto pero no creyó que fuera tan inmediato.

Ese día Isidoro hizo todos los trámites necesarios para enterrar a su tía. Era soltera, nunca tuvo hijos y sus propiedades eran las pocas cosas que tenía dentro de su morada, porque los dueños de la casa eran los vecinos de al frente.

El entierro de Isabel se dio dos días después de su llegada. Aunque Isidoro poco se comunicaba con su tía, sabía que mucha gente en ‘Villavo’ la conocía y le tenía un gran aprecio.

“Pocos sabían que ella tenía más familia, así que se sorprendieron al verme, pensaban que era su hijo. Fue lo más triste que me sucedió, realmente estaba desconsolado. Perdido”, dice Isidoro.

Después del entierro de su tía tomó el dinero que ella le había dejado, compró ropa, una maleta, algunos víveres y partió hacía Puerto Gaitán con sus $800 mil pesos, el doble de lo que tenía tres días atrás.

‘Allá está su futuro, lo vi en una visión’

En la noche que Isidoro llegó a Villavicencio, su tía Isabel tuvo la última visión. En ésta él aparecía remando por un río de gran caudal. Una piragua roja y llena de pescado, subía y bajaba por aquel afluente.

“En la visión había un puente que atravesaba el río, era grande y pasaban todo tipo de vehículos. Veía torres grandes, como una especie de martillos, entonces supe que debía irme a Puerto Gaitán”, narra.

“Llegué al pueblo sin conocer a nadie ni siquiera sabía como iba a comprar una piragua con $800 mil, y mucho menos sobrevivir por cuánto tiempo con este dinero. Estaba asustado, aún no me explicaba a mi mismo como había llegado aquí”, añade.

Al llegar se dirigió a la estación de policía. Allí le indicaron dónde debía ir. Encontró una funcionaria amable en el Palacio Municipal y fue reubicado por unos días. Esa misma funcionaria fue quien le ayudó a conseguir su canoa, dos semanas después de haber llegado.

“Ella intermedió para que la pudiera pagar a cuotas, además para conseguir la atarraya y una casa cerca al río para vivir”.

Con esa misma mujer, Isidoro se casó dos años después. Ahora viven en una casa cerca al parque central, la está pagando, y vive de la pesca. “No tenemos muchos lujos pero vivimos bien, yo hago lo que mi tía algún día me dijo. Tengo una buena mujer, ando en mi piragua por todo este río y soy algo feliz. El día que vuelva al Caquetá con mi esposa, tendré la felicidad completa”, concluye.

Hoy Isidoro navega por el río Manacacias en La Isabel, la piragua que le dio una nueva vida y una buena mujer, como se lo profetizó su tía, Isabel Díaz.