El reto de la FARC

Los colombianos no creen en las intenciones políticas de la FARC ni en sus dirigentes, esa es la versión que ronda en los medios y que reproducen sus principales opositores, una y otra vez. El sentimiento de odio por la exguerrilla, y ahora partido político, se generaliza como si se tratara de un corolario rector producto de esta guerra de más de sesenta años. Al menos, eso es lo que nos vende la prensa y lo que uno pensaría es el sentir, mayoritario, en la redes sociales.

La realidad puede que cuente otra historia. Por ahora no son millones, pero si miles de colombianos los que sienten simpatía por la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común–FARC, muchos que tras las mesas de diálogo y la firma del acuerdo de la Habana, decidieron destrozar el closet de la insurgencia y declararse ahora sí abiertamente simpatizantes o militantes. Otros, que aún son recatados y tímidamente comparten una que otra noticia relacionada con los acuerdos y este nuevo partido, sin hacer muchos comentarios al respecto.

Por eso, no es sorpresa que cada vez le resulten más seguidores – a parte de las bases guerrilleras – a este nuevo partido político, principalmente jóvenes estudiantes y de otros sectores de la sociedad mucho más alternativos, incluso de movimientos sociales, otrora tachados por la inteligencia del Estado como afines a la exguerrilla y de hacer “apología al terrorismo”.

Con esa base social, mucho más amplia de la que, tal vez, algunos sectores de la ultraderecha esperaban, es que esta Fuerza Alternativa, tiene la oportunidad de empezar a expandir entre la sociedad civil su ideario político y propuesta de país. Cualquier movimiento político naciente en el país quisiera tener el “reconocimiento” (negativo o positivo) que tiene la FARC, y esto puede jugar a su favor, si saben capitalizarlo.

Puede sonar ingenuo, pero esa frase: “que hablen mal o bien pero que hablen”, podría funcionar en este caso, pues no hay colombiano que no sepa quiénes fueron y son las FARC como guerrilla y partido político, respectivamente. Ahora le corresponde a sus dirigentes empezar a cambiar esa mala percepción que tienen los ciudadanos.

El Congreso, sin duda, es la plataforma más grande que tienen para mostrar su intención de usar la palabra como arma y discutir la viabilidad o no de su proyecto político. Sin embargo, hay otro escenario que tampoco deben descuidar: las masas. Pues es aquí donde deben lograr ganar mayor compresión y afinidad con su proyecto político (sin olvidar claro, las tradicionales organizaciones desde donde hacían trabajo político en la clandestinidad el PC3 y los movimientos bolivarianos, pues aquí ya tienen un trabajo adelantado).

Hacia 1964, Jacobo Arenas aseguró que la subversión contaba con la simpatía de las masas, pues sus bases guerrilleras estaban y están llenas de gentes del común campesinos, mujeres, afros y demás sectores marginados, razón suficiente para crear un vínculo de solidaridad y empatía entre la guerrilla y la sociedad civil, pues ellos alzados en armas representaban el inconformismo del pueblo con la élite gobernante.

Y ese es hoy el reto de la FARC, lograr que esa base guerrillera impregne a las masas, a la sociedad civil de ese inconformismos con una clase política que nos ha gobernado desde siempre y para beneficio de ellos mismos. Incluso, la tarea es mucho más fácil hoy, cuando esta Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común cuenta con el apoyo de organizaciones de trabajadores, estudiantes, mujeres y demás sectores que ven en este nuevo partido la posibilidad de tener una nueva Colombia, y que además, están dispuestos a unirse a su idea de país.

Por ahora no son millones, pero con un panorama más alentador fuera del conflicto y sin violencia, tienen la posibilidad de entregarse a esos miles que por el simple hecho de no tener armas les dan su voto de confianza; y pueden ser multiplicadores de su proyecto.

Está en los dirigentes de este partido hacer que sus acciones conquisten mucho más a un electorado indignado y desmotivado, y que de esta forma, puedan sostenerse después de 2022 en el Congreso. En los próximos ocho años, como actores políticos y legisladores, deberán persuadir a esos potenciales votantes, demostrando que esa voluntad de construir la paz es real. Un reto no menor, al que muchos están dispuestos contribuir.