el momento actual: no es fácil

Somos una especie tan frágil. Todo nuestro mundo se detuvo y nuestra rutina cambió radicalmente, en menos de una semana. El Coronavirus no es una película de ciencia ficción, no es una distopía, es la realidad del planeta. Es la noticia que está en todas nuestras redes sociales: COVID-19. Es lo que hoy nos tiene en casa, encerrados. En el mejor de los casos con la movilidad bastante reducida.

Las calles de las principales ciudades del mundo vacías. En las ciudades medianas el panorama no es diferente. Por primera vez, la especie humana entera siente temor, miedo y paranoia generalizada. La economía empieza a sentir el impacto del aislamiento humano. Números en rojo, las bolsas del mundo se desploman y las monedas de los países de lo que han llamado el ‘tercer mundo’ se devalúan en cifras históricas.

No todo es tan malo. Por otro lado, el planeta respira, descansa de la contaminación de la actividad humana. Los canales en Venecia dejan de estar turbios, se ven los peces, las emisiones de CO2 disminuyen hacia la capa de ozono, hay menos ruido en las calles. La Tierra está mejor, de eso no hay duda.

Entre lo bueno y lo malo de esta situación, si se puede poner en blanco y negro el asunto porque tiene muchos matices, podemos decir con certeza que la humanidad confirmó su vulnerabilidad, que sus modelos de desarrollo son completamente inequitativos –nada nuevo–, y lo que ha denominado ‘estilo de vida moderno’, no es más que un modelo individualista y egoísta de sociedad.

Nos dimos cuenta que estamos mal como especie. La solidaridad entre pares nos está fallando y, así mismo, la empatía. Aún hay quienes siguen incrédulos. Aquí paro y confieso que hace unas dos semanas era uno de ellos, pero ahora estoy convencido que esto es real.

En Colombia, el tema es mucho más preocupante, porque como sociedad vemos lo profundo que el conflicto de tantos años nos ha tocado y marcado. Somos completamente individualistas, egoístas, despreocupados e insolidarios. No hay palabras de aliento hoy para el ‘pueblo pujante y amable’ qué dicen, somos. Es un reclamo directo y fuerte. No hay medias tintas, como decimos. Somos iguazolandía. Cada uno está resolviendo como puede su subsistencia y los demás que se jodan.

Los jóvenes completamente inconscientes siguen de rumba, en chivas y discotecas. El arribismo de clase nos hace ignorar la realidad del 45% del país: la informalidad laboral. Un presidente sin liderazgo toma medidas improvisadas y hechas a la medida del empresariado. La estupidez diplomática sigue siendo la reina de las relaciones internacionales con los vecinos. Los colombianos seguimos riéndonos en redes, pensando que a nosotros eso no nos da. Pues les cuento que en menos de una semana pasamos de 11 casos a 75 personas infectadas (eso de manera “oficial”).

En Barranquilla una mujer, recién llegada de España, confiesa después de que aterriza el avión que viajó desde Bogotá hacia la costa, eludiendo los pobres controles del aeropuerto El Dorado, con un diagnóstico positivo. Ustedes dirán lo que ese ser humano es en su mente, yo digo de manera decente que esa es la máxima muestra de lo que somos como pueblo.

En lo personal debo confesar que he sentido miedo, paranoia y mucha ansiedad. Hace tres semanas decía que si era alarmante, pero que había mucha exageración. Bueno pues hoy no lo creo. Lo repito y lo repito. El COVID-19 afecta especialmente a las personas mayores de 60 años, personas con inmunodeficiencias o alguna condición de salud que les haga tener sistemas inmunológicos vulnerables. Pues bien, creo que todos tenemos alguien que amamos en alguno de esos grupos propensos a contraer el virus y no superarlo. Nuestros padres, madres, abuelos, abuelas, tías, tíos, parejas, primos, etc.

Sobre este último tema podría hablar más en detalle en otra publicación, porque creo que muchas personas nos sentimos de la misma manera y hemos tomado conciencia del momento actual. No ha sido fácil intentar mantener la calma en el encierro y la incertidumbre de qué va a pasar, especialmente, porque para alguien con un trastorno de ansiedad este tipo de situaciones a veces parecen sobrepasarnos. Mas adelante hablaré del tema.

Volvamos a esta parte: la informalidad laboral en Colombia. Sin duda, los más afectados serán las personas que trabajan o viven en la calle. Es decir, un gran porcentaje de la población colombiana. El país por años ha fortalecido el sector de la informalidad laboral, sin que sea una política de Estado. Eso no tiene sentido, pero precisamente la falta de una Política sobre este tema es lo que ha hecho que este sector haya crecido y no disminuido (si es que esto ha ocurrido en los últimos 5 años).

Una pandemia como estas es realmente el fin del mundo para la población más pobre, sobretodo en un país donde el ‘rebusque’ en el día a día es la manera de subsistencia del 45% de la población con alguna capacidad de trabajo (si así se dice correctamente en términos económicos). Si las calles están vacías, quién les va a comprar, igual ellos deben salir bajo el riesgo de infectarse, porque el panorama es trabajan para conseguir comida o se quedan en casa y aguantan hambre. Sí, así de cruda es la realidad, que pocos de nosotros tenemos.

No es fácil.